21 04 2008
El doctor malavarísimo malo malísimo malvado (”mmmm” para abreviar) se encontraba realmente abatido. Aún no sabía muy bien que había sucedido aunque todo apuntaba a la llegada de unos libros que cayeron en manos de sus sicarios. De esos tan bonitos que decoran tan bien las estanterías. De esos también que no sabes si apilarlos como si fueran columnas y que siempre quedan bien para las visitas. Que ya si los libros son decentes, están los olvidos, las hogueras y las cabeceras de algunas camas ajenas.
En aquel pedido se incluían títulos vario pintos como “Sindicatos, y consejos de dirección. Que se despellejen mientras otros trabajan por usted”. “Ser vago no es mala idea aunque no lo parezca, pero esi si, no lo parezca.”, “Denuncie la corrupción, viviendo de ella sin admitirla que es ella. Puede hacerla a su medida aunque pierda toda medida”, “Racismos y fanatismos, grandes ofertas para lo que usted quiera. No permita que se extingan”, ó “Echele la culpa a otro, por ese motivo se encontraba cerca suya pero juegue al golf con sus amigos que más tarde le harán también falta ”. Parecía la enciclopedía política de la A a la Z. El único libro que desentonaba era uno muy finillo sobre verduras prestando especial atención a la zanahoria. Éste claro, acabó pronto en la basura, qué cosas…
A partir de la recepción de estos libros todo empezó a cambiar aparentemente sin medida, y poco a poco sus sicarios empezaron a comportarse de otra manera. El -sin embargo- no se percataba pues viviía ensimismado atendiendo sus muchas dudas sobre si debía conquistar o destruir el planeta. Pero lo que le consumía de verdad era un tal Bugs, tanto que ni dormía. Hacía planos y planes obsesionado en capturar aquella endemoniada criatura. Malicia donde las haya.
La situación comenzó a ser insostenible, hasta ya hacían huelga y ya no le llegaban sus galletas con leche preferidas que abrían su apetito cada mañana. Así que empezó a acceder a exigencias poco a poco y sin darse cuenta un buen día despertó y sus propios empleados (que ya no eran sicarios) le dieron puerta y patada. Le hicieron firmar hasta la carta de despedida, y que volviera cuando quisiera. Incluso perdió las patentes de las máquinas más absurdas.
Después de aquello poco se sabe que fue de aquel doctor (que se quedó en una sola “m”, de malito que se nos puso), salvo que se cuenta que un día alguien le comentó al oir su historia que no le extrañaba lo sucedido de ninguna de las maneras, que a ver si le contaba algo nuevo que no supiera. Que había tenido suerte de no vivir la revolución francesa, que ahora las cabezas se cortan de otra manera como que a los lobos no hay dispararles con balas de plata, no te confundas.
Aún no te das cuenta -añadió aquel lindo conejillo de orejas puntiagudas- pero les debiste caer bien -a quien sea- con tu chupete en la boca. De tus exsicarios ni te preocupes que recibirán un nuevo envío esta misma semana que entra. Reciben la enciclopedia comprimida de banca y economía, y con esa a tiempo siempre se lía. Aunque para puntualidad, esa editorial, que es bastante seria, especialmente si no se encarga nada. Y ya verás como esta vez tampoco leen ni el remitente ni la letra pequeña de la portada.
“Eso es todo amigo” -continuó aquella amable criatura-, mientras masticaba felizmente una zanahoria.
Pues que gran verdad -digo yo a estas alturas- hablar de éstas, como que a estos de ACME no hay quien les entienda nada. Y ya ni cuento si de lo que se habla es de su departamento de reclamaciones y quejas.